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Resumen

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Los grandes retos a los que nos enfrentamos –de la bioética a la biopolítica, del problema demográfico al de la inmigración, de la crisis de las tradicionales instituciones educativas al descontento de las generaciones jóvenes y a la reforma de nuestros sistemas de bienestar– parecen converger todos hacia la familia, entendida como una institución social fundada sobre la reciprocidad entre géneros y generaciones. No obstante, una cierta cultura hoy dominante se niega a reconocer esta centralidad de la familia; parece, de hecho, querer desplazarla, reduciendo la familia a un hecho eminentemente “privado” y sometiéndola a una serie de ataques que despiertan no pocas preocupaciones. Síntoma de ello es la denominada “pluralización” de las formas familiares y las consiguientes batallas por la equiparación de las instituciones familiares a las “uniones de hecho” heterosexuales y homosexuales. En la base de la cultura de esta disgregación familiar está, seguramente, una cierta tendencia al individualismo que impregna un poco toda nuestra sociedad. Pero en este artículo se trata de demostrar cómo la familia “tradicional”, fundada sobre la reciprocidad entre géneros y generaciones, sigue siendo la institución que, más que ninguna otra, permite a la sociedad reproducir los presupuestos fundamentales de su libertad y de su positiva individualización.

Palabras clave

familia, antropología relacional, reciprocidad, individualismo

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